La socialdemocracia, como se sabe, desde que apareció en su versión moderna (esto es, la del siglo XX, no la decimonónica kautskyana-leninista), se ha caracterizado por postular, en el marco de una régimen político de democracia electoral y libertades, un modelo de organización económica, social y cultural en el que prevalezca el interés común (tributado estatal o comunitariamente) sin sacrificar la iniciativa individual, la propiedad privada y el mercado libre no contaminado.
Los planteamientos de la socialdemocracia moderna, bocetados tímidamente desde el último decenio del siglo XIX por Eduard Bernstein pero finalmente delineados en el Congreso fundacional de la Internacional Socialista de Frankfurt de 1951, en principio fueron considerados (en tanto constituían una propuesta de virtual impugnación de la entonces alucinante antinomia capitalismo-comunismo) quiméricos, ingenuos o simplemente hijos de la vacilación ideológica y la traición política.
Por supuesto, esas consideraciones críticas resultaban a la sazón consistentes con el hecho de que la doctrina socialdemócrata moderna, con los planteamientos reseñados, empezó a tomar distancia respecto de sus raíces marxistas clásicas (protagonizando una ruidosa ruptura que tuvo hondas repercusiones internacionales) y, paralelamente, se fue acercando a las formulaciones de la parte más avanzada y menos dogmática del pensamiento social de la iglesia y a las ideas de los reformadores económicos de occidente (tipo John Maynard Keynes, Joan Robinson, Richard Kahn o Luigi Ludovico) que perseguían una “humanización del capitalismo”.
Como ha de recordarse, en términos partidarios la socialdemocracia moderna fue objeto de feroces ataques de sus contradictores de todos los colores políticos e ideológicos: desde la acusación de revisionistas y social-pacifistas (hecha por los leninistas de post-guerra debido a su apuesta de retorno al olvidado humanismo del ideario socialista), pasando por la de “filo-comunistas” (formulada por la derecha política, el neo-fascismo y lo más granado del patronato conservador) y llegando a la de “reaccionarios disfrazados de progresistas” (lanzada por maoístas, trotskystas, castristas, guevaristas y otras denominaciones de revolucionarios de verbo en ristre).
No obstante, a casi sesenta años de haber tomado forma la apuesta socialdemócrata moderna, y luego de desmoronarse el modelo leninista-stalinista soviético que duró casi siete décadas y de la resurrección una vez más del “capitalismo salvaje” con sus brutales inconsecuencias frente al ser humano común y corriente, el modelo que ella ha preconizado se mantiene vivo, fresco y fructificando, sobre todo porque ha significado (y significa todavía) una seria esperanza de progreso, libertad y bienestar para la gente.
La verdad es, en puridad de hechos, que el devenir histórico reciente ha demostrado recurrentemente la superioridad del modelo socialdemócrata sobre los restantes, y no sólo porque en las latitudes en que ha prevalecido han existido y existen los más altos índices de desarrollo humano en libertad y los más elevados estándares de vida social y económica sino también porque se ha mantenido impertérrito y funcional mientras los otros modelos, en ambos extremos, han sufrido constantes caídas, llegando, en algunos casos, hasta a desaparecer.
Naturalmente, estamos hablando del modelo socialdemócrata de verdad (del que ha sido responsable de la edificación de sociedades paradigmáticas en Europa del Norte, de la erección de los grandes sistemas de seguridad social de Europa Central y del Sur, de la promoción de las viejas y las nuevas libertades en toda la ecúmene, o de los mayores y más exitosos procesos de cambios progresistas en América Latina y Asia sin recurrir a la dictadura política), no de las burdas caricaturas (simples apelativos, absurdas mascaradas, mera retórica) que pululan actualmente en algunas de las naciones del Tercer Mundo. Estamos aludiendo, reiteramos, a la socialdemocracia que, siendo poder, ha invertido en la educación del ciudadano y en la salud pública, y ha auspiciado la iniciativa individual para la creatividad y la producción de bienes y servicios, estimulando el comercio y abriéndose a la inversión extranjera. Es decir, nos referimos a la socialdemocracia que acepta y promueve el libre mercado y los negocios privados, pero que no renuncia al rol del Estado como regulador social y promotor del bienestar del individuo.
La humanidad, francamente, debería volver el rostro hacia esa socialdemocracia, y más en estos momentos en que el modelo neoliberal (nombre nuevo del antiguo neoconservadurismo anti-estatista de Friedrich Hayek y sus discípulos) ha fracasado estrepitosamente en todas partes, ya fuese aupado por sus tradicionales conmilitones de la “inteligencia” política capitalista, o ya impulsado por antiguos comunistas, socialdemócratas o socialcristianos que se echaron alborozadamente en brazos de los dictados del Consenso de Washington.
Y ello puede resultar mucho más necesario ahora, cuando las opciones frente al modelo neoliberal que se les están planteando a los pueblos son inaceptables por anticuadas e infecundas: en el mundo desarrollado las fórmulas extremas de la revivida derecha fundamentalista, y en el mundo no desarrollado el antiguo modelo populista- estatista con visos de providencialismo. Se trata, valga la insistencia, de plataformas ya conocidas, con hórridas referencias en el pasado, y cuyos resultados todos conocemos de antemano: fracasarán porque son insostenibles política, moral, social o financieramente.
El camino es, pues, actualmente, en síntesis un poco apretujada y con las ya citadas palabras de Petkoff, “la vieja formulita socialdemócrata de tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”.