Con más de setenta años de edad, mi amigo Santiago se caracteriza desde la adolescencia por su mujerieguismo.
Debido a esta condición, y a su apostura y labia, ha realizado numerosos levantes amorosos de féminas, que van desde trabajadoras domésticas hasta encopetadas señoras de sólida posición económica y social,
Pero como ocurre con la mayoría de los tenorios, la inevitable erosión geriátrica fue disminuyendo su éxito con el sexo débil.
Sin embargo, en los meses finales del pasado año, se amancebó con una atractiva veinteañera divorciada, modesta dependienta de una tienda de electrodomésticos, a quien el mujerófilo calificaba de coqueta y malgeniosa.
Como era de esperar, la relación entre el septuagenario y la jovenzuela pasaba por diversas situaciones, de las cuales me enteraba por mi enllavadura con el romántico personaje.
-Tuve que regalarle una nevera nueva, porque la notaba indiferente conmigo, y reaccionaba a veces con desagrado ante mis besos y abrazos, cuando lo hacía delante de gente; son las cosas que les ocurren a los viejos que sólo aceptamos las carnes flojas en nosotros mismos- me dijo un día con cara de forzada resignación.
-Lo bueno del caso es que cada vez que le hago un buen regalo me deja de llamar por mi nombre durante varios días, y en lugar de Santiago escucho Santiaguito, chaguito, y hasta Chaguitico; y no solo aparecen esos apelativos cariñosos, sino también las pasaditas de manos por la cabeza y otras zonas más íntimas- añadió, cambiando la expresión resignada por otra de mediana satisfacción.
-¿Y cómo te nombra durante los días normales, rutinarios, donde no hay confrontaciones ni regalos?- pregunté, frenando a duras penas la risa.
-Ah, entonces paso a ser Santiago la mayoría de las veces, y en ocasiones Chago.
Las cosas hasta ahora han marchado bien, pero de que la muchachita tiene su mal genio, de eso no cabe ninguna duda; suelta malas palabras, echa maldiciones, y hasta lanza objetos, algunos contra mí; hace unos días me tiró un cenicero pesado de metal a la cabeza, que si no me agacho, no lo estaría contando.
En momentos como ese me llama con dos nombres: viejo del diablo, y viejo de mierda.
Esta vez me fallaron los frenos de la risa.










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