El 30 de mayo de 1961, seguro del control sobre su pueblo aterrorizado, Trujillo partió hacia su natal San Cristóbal acompañado solo por su chofer, Zacarías de la Cruz, el hombre que nunca habló.
Fiel más allá del tiempo, de la Cruz rehusó testimoniar los últimos momentos del dictador, de los que sólo hay una leyenda según la cual, en medio del tiroteo, gritó: "vengan, cabrones, que aquí hay un hombre".
Momentos antes había saludado a su madre, conversado con sus más cercanos colaboradores y dado su habitual paseo a pie, para estirar las piernas y mejor digerir: apenas viviría otras dos horas.
Su muerte a manos de un grupo de complotados sin entrenamiento sin embargo, no terminó el régimen de terror de más de tres décadas que instauró en su país y que le ganaría el mote de Náusea de América.
Su hijo adoptivo, Ramfis, venido a toda prisa desde Francia en un avión alquilado, se encargaría de liquidar a casi todos los participantes en el atentado y trataría de perpetuar un régimen, que había sido condenado en Washington.
El dictador en realidad había empezado a morir 45 días antes, cuando el cuarto y último enviado oficial estadounidense, Robert Murphy, le aconsejó que abandonara el poder.
A mí sólo me sacan en camilla, le dijo Trujillo, hombre de poca paciencia, jerga de barraca y poco dado a las sutilezas linguísticas del enviado presidencial estadounidense.
Sólo después de una enorme presión popular serían barridos los omnipresentes símbolos del trujillismo y se logró la convocatoria a comicios, ganados por el escritor izquierdista Juan Bosch, de efímera estancia en el poder.
Pero una cosa era sacar del medio a Trujillo y otra aceptar un gobierno que retaba a la alta burguesía y a Estados Unidos: Bosch fue derrocado manu militari y se instauró un trujillismo por otros medios.
Tal vez ahí radique la supervivencia de vestigios de la dictadura, un fenómeno que sorprende al forastero y que acaba de aflorar con la presentación del libro Trujillo: monarca sin corona.
Obra del historiador Euclides Gutiérrez Félix, el opúsculo, que viola una legislación vigente, ensalza hechos de la dictadura y levantó una ola de indignación entre familiares de sus víctimas.
El doctor Emilio Cordero Michel, presidente de la Academia Dominicana de la Historia, tiene una respuesta terminante y sin resquemores: en República Domincana hay nostálgicos del trujillismo.
El historiador hace una salvedad: ese hombre no era Gerardo Machado o Fulgencio Batista, ni el nicaragüense Anastasio Somoza o el venezolano Marcos Pérez Jiménez.
Trujillo creó la Banca Nacional, fortaleció la moneda, dejó obras de infraestructura y sus puentes no se caían, al decir popular.
Rememora que durante la dictadura "no había delincuencia, tampoco se registraban casos de estupro, o violaciones sexuales, ni este tráfico caótico".
Los jóvenes oyen a sus mayores quejarse de la delincuencia, las violaciones y los problemas sociales y esos lamentos siempre terminan en una letanía: "cuando Trujillo esto no pasaba".
Y es cierto, afirma Cordero: al que era capturado robando por segunda vez lo mataban, el tráfico era ligero porque no había vehículos y los instrumentos que creó estaban a su servicio personal.
El único que podía cometer estupro era él, subraya, en alusión al apetito sexual del alguna vez llamado "El Jefe" con una reverancia teñida de miedo.
Cálculos conservadores estiman la fortuna del dictador en unos 100 millones de dólares de 1961, entre 700 u 800 de los actuales. Es una nostalgia por contraste, concluye el académico.