 |
*EL AUTOR es arzobispo de Santiago |
|
|
|
Me parece oportuno hacer de conocimiento público el texto Ãntegro de una carta que, como presidente de la Conferencia del Episcopado Dominicano en ese momento, escribÃ, con fecha 12 de marzo de 2008, al Alto Comisionado del Consejo de los Derechos Humanos de la ONU, con sede en Ginebra, Suiza. En ella me refería a una acusación de discriminación racial que se hacía a la Iglesia católica en un punto muy concreto, dentro de un conjunto de más acusaciones del tipo, hechas a la República Dominicana en un informe presentado al citado Consejo sobre la relación domínico-haitiana en el territorio dominicano.
Difícil y delicado se hace el manejo de la realidad haitiana desde la óptica dominicana, en estos comienzos del III milenio.
Ya en 1970, siendo joven sacerdote en la parroquia de Guaymate, celebraba una misa al mismo tiempo en español y creole. En la Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia, como rector, durante doce años, luego como obispo, otros ocho años, continué la misma práctica, siguiendo la tradición del Santuario. Incluso teníamos misas sólo en creole. En Santiago, como arzobispo, fomento las celebraciones en créole como parte de toda una pastoral haitiana, servicio éste que considero indispensable para una adecuada atención a los hermanos haitianos inmigrantes, como hace la Iglesia en cualquier lugar.
Estas acciones pastorales, como otras más, se ven bien y se aplauden. Sin embargo, cuando se toca, por ejemplo, el tema de la posible amenaza para la nacionalidad dominicana, que representa una creciente inmigración haitiana, desordenada y sin control, se tilda a los que así hablan de tener “resabios anti-haitianos heredados del pasado”, por lo tanto, de “discriminación haitiana”.
Dígase lo mismo de situaciones laborales en las que padecen situaciones parecidas obreros dominicanos y haitianos. Fácilmente se separa un grupo de otro y se tiende a mirar las posibles injusticias cometidas a los de nacionalidad haitiana como “discriminación racial”, mientras que no se defiende con el mismo ardor y con un apelativo parecido a los de nacionalidad dominicana.
En materia ecológica sucede algo parecido: mientras se tiene amplia libertad de expresión para denunciar los cortes de madera y otras agresiones a la naturaleza hechas por las autoridades y otros muchos dominicanos, se tratan con gran cuidado las posibles críticas al corte de árboles hecho por inmigrantes haitianos, por temor a ser tildados de “racistas represores” de pobres haitianos necesitados.
La acogida amplia y fraterna que hemos de dar a los hermanos haitianos, no debe impedir que se traten los temas citados, en su justa medida, por urticantes que sean, y se busque un sano equilibrio.
Nos urge, pues, en este momento histórico, no sólo mejorar las relaciones públicas, diplomáticas, económicas, jurídicas, culturales, entre las autoridades dominicanas y haitianas, sino también crear centros de estudios e investigación sobre la realidad innegable, pasada, presente y futura, común a estos dos pueblos. Considero que ello nos aportaría muchas luces, nos evitarían discusiones estériles y acusaciones mutuas, que terminan hiriendo y haciendo daño a ambas naciones.
Me atrevo a decir que el susodicho Informe, presentado al Consejo de la ONU para los Derechos Humanos, necesita el mismo un ponderado y detallado estudio, tal vez, en más de un punto, que el observado por nosotros y que fue materia para nuestra carta, cuyo texto copio a continuación:
“Estimados señores:
Nos queremos referir muy concretamente al #41 del Resumen presentado en el séptimo período de sesiones, tema 3 de la agenda del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas (ONU).
Dicho número dice textualmente:
“A pesar de que se reconoce la importante función que desempeñan algunos sectores de la Iglesia Católica en la lucha contra el prejuicio racial en el país, se hizo mención al rechazo general que provocan las expresiones culturales y religiosas africanas durante los ritos católicos, como la prohibición de la música de tambores y otras formas de culto pagano”, presentadas como una amenaza a la moral y a los valores cristianos. Observaron, no obstante, la importancia que ha tenido el reconocimiento por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en mayo de 2001 de la Hermandad de Villa Mella, cerca de Santo Domingo, que cuenta con 300 años de historia y que ha preservado y practicado diversas creencias religiosas como rituales tradicionales africanos”.
1. Agradecemos, ante todo, la valoración positiva que en el texto citado se hace de la Iglesia Católica, en algunos aspectos.
2. Sin embargo, nos ha extrañado sobremanera la expresión “se hizo mención al rechazo general que provocan las expresiones culturales y religiosas africanas durante los ritos católicos”.
Si esas “expresiones culturales y religiosas africanas durante los ritos católicos” se refieren a la presencia de ritos vudúes dentro de nuestras Iglesias, consideramos que no hemos tenido que rechazar nada porque, que sepamos, los cultos de vudú nunca han procurado tener sus ritos en iglesias católicas, ya que tanto ellos como nosotros sabemos que tenemos creencias distintas.
Consideramos, por otra parte, que los relatores del informe jamás habrán querido decir que nosotros debamos aceptar otros cultos que no sean los católicos en nuestras Iglesias.
3. Si dicha expresión se refiere, como parece ser, al ejemplo puesto para tipificarla, a saber, “la prohibición de la música de tambores y otras formas de culto “pagano” presentadas como una amenaza a la moral y a los valores cristianos”, hemos de afirmar lo siguiente:
3.1 No está prohibido en la Iglesia Católica ni en sus ritos el uso de tambores, ni por el derecho canónico ni en la práctica. Baste decir que en todas nuestras Diócesis se usan todos los tipos de tambores, provenientes de África, o, más inmediatamente, de Haití, en nuestras celebraciones litúrgicas. Hacen parte de nuestra “cultura litúrgica”. Más aún: tenemos celebraciones en las que, por ejemplo, las ofrendas, son llevadas en procesión hasta el altar al ritmo de música y danzas, animadas por tambores. Podríamos citar muchísimos ejemplos más.
En estos casos se da lo que en nuestro lenguaje llamamos “inculturación”, es decir, asimilamos en nuestros ritos los instrumentos y la música de las más diferentes culturas, exactamente igual como en el caso de la Hermandad del Espíritu Santo de Villa Mella, reconocida por la UNESCO y citada en el informe, que se remonta a más de 300 años de historia. (Notemos que la referencia al “Espíritu Santo” no aparece en el informe, pero es título oficial de la Hermandad de Villa Mella).
Otro caso similar a éste, también centenario, lo encontramos en toda la región Oriental del país en torno a la Hermandad de los Toreros de la Virgen. En dicha Hermandad, cientos y miles de hombres y mujeres, haitianos y dominicanos, rinden homenaje a la Virgen de Altagracia, con celebraciones en la que integran oraciones, versos improvisados, música y danzas, llamadas “atabales”, en donde los tambores son tocados e identificados con sus nombres propios, tales como, “palo mayor”, “palo menor”, “quijongo”, entre otros.
3.2 Tampoco es cierto que la Iglesia Católica rechace los tambores, como si fueran privativos de culto “pagano”: se ha visto que desde hace siglos los hemos asimilado. Esto, por supuesto, no es nuevo en la Iglesia: a lo largo de su historia ha “inculturado” o “inculturizado” instrumentos, símbolos y acciones de las más diversas culturas y religiones en sus propios ritos y costumbres.
3.3 Igualmente, no es cierto que nosotros presentemos “la música de tambores”, como tal, “como una amenaza a la moral y a los valores cristianos”. Dicha música acompaña, en la República Dominicana, a muchas expresiones culturales y religiosas, muy enraizadas entre nosotros. La consideramos parte de nuestra herencia africana y un aporte de nuestros ancestros venidos de África.
3.4 Por otra parte, en este contexto, es bueno recordar que si la Iglesia Católica, como cualquier otra institución, considerara que “expresiones culturales y religiosas”, africanas o no, “música de tambores” y “formas de culto pagano” fueran “una amenaza a la moral y a los valores cristianos” tendría, aunque respetándolas en sí mismas, el derecho y el deber de rechazarlas en sus ritos y cultos si así lo viera conveniente, porque irían en contra de su naturaleza. Pero ese no es el caso nuestro, de ninguna manera, el de “la música de tambores”, la cual está presente y viva en la Iglesia Católica dominicana. Al contrario, hemos asimilado y aprobado ambos, música y tambores.
4. Nos hemos referido únicamente, como es lógico, sólo al número 41, por su alusión directa a la Iglesia Católica, acusándola, por el falso dato allí citado, de discriminación racial. Así lo interpretaron y difundieron ampliamente los medios de comunicación social. Hemos aparecido, pues, ante la opinión pública, como racistas discriminadores.
5. Pedimos, por tanto, que de la misma manera que su Organismo hizo públicas esas aseveraciones sobre la Iglesia Católica en el #41 de su informe, hagan públicas y difundan también estas observaciones y afirmaciones nuestras.
6. Para terminar, deseamos agradecerles un aporte que nos deja la lectura del susodicho informe: descubrimos que la Iglesia Católica debe informar mucho más sobre sus relaciones con los hermanos haitianos, sobre la Pastoral Haitiana llevada a cabo en conjunto por los Obispos de Haití y República Dominicana, y sobre las múltiples acciones realizadas en nuestras diócesis y parroquias en bien de los grupos inmigrantes haitianos.
Hemos caído en la cuenta de que, muchas veces, cuando tratamos el tema domínico-haitiano en los foros internacionales, es para defendernos de acusaciones contra la República Dominicana y sus instituciones y nunca o casi nunca aparecen los valiosos aportes dados fraternalmente, desde nuestra pobreza y limitaciones, al hermano pueblo haitiano.
Consideramos que no sólo la Iglesia católica, sino también otras instituciones civiles y gubernamentales de la República Dominicana, deben informar mucho más sobre los aspectos positivos en las relaciones domínico-haitianas”.
CONCLUSIÓN
CERTIFICO que mi artículo TAMBORES, HAITÍ E IGLESIA, recoge literalmente el texto de la carta que escribí al Alto Comisionado del Consejo de los Derechos Humanos de la ONU, con fecha 12 de marzo 2008.
DOY FE, en Santiago de los Caballeros, el 2 de julio del año del Señor de 2008.
|