Este evento está llamando la atención de los responsables de elaborar e impulsar políticas públicas, coherentes con el entorno y dirigidas a la solución de este problema, en el corto, mediano y largo plazo, como se evidencia en la tesis presentada por Mendoza Castañeda (2006), la cual expresa lo siguiente al respecto: “Los adolescentes, en la etapa transitoria del ciclo evolutivo de su vida, son vulnerables a desarrollar conductas negativas que los conduce a sumirse en el consumo de alcohol, de drogas, reunirse en grupo de pandillas y a la iniciación sexual temprana. Por lo mismo, las adolescentes enfrentan el reto de ser madres gestantes sin estar preparadas para afrontar esa responsabilidad, debido a su inmadurez, tanto biológica como psicológica. Esta situación, genera muchas veces inestabilidad emocional, llevándolas a tomar decisiones sin medir el riesgo que afecta su futuro y el de sus hijos”.
El embarazo en adolescentes se da con frecuencia en los estratos socio-económicos más pobres, pero no es exclusivo de este sector. Se extiende su frecuencia a todos los estratos de la sociedad. Según estudios realizados por Rojas e Hidalgo (1990), la frecuencia y consecuencia de los mismos varían de país en país, pero siempre se repite la constante de las consecuencias en la vida de la adolescente, comenzando por el abandono de sus estudios y terminando por su inserción en la pobreza, pobreza extrema y dependencia, en muchos casos, de la beneficencia pública.
La problemática del embarazo en adolescentes urge de intervenciones efectivas, pues conlleva a una cadena de complicaciones en el orden físico, psíquico y social que afecta a las adolescentes, a sus hijos, a las familias y a la sociedad en general. La cifras actuales, según Aparco y Guevara (2005), muestran que la población de adolescentes representa el 20% de la población mundial y que el 85% de la misma, vive en países en vías de desarrollo, como lo es La República Dominicana.
El número de las adolescentes que se embarazan cada año es difícil de determinar, ya que, sólo se reflejan las que van a los centros de salud. No obstante eso, datos de la Organización “Haciendo Redes en América del Norte” (2003) dicen que de los trece millones de partos registrados anualmente en América Latina y El Caribe, dos millones corresponden a adolescentes, es decir, el 15% del total. Tales cifran no dan cuenta de la magnitud real de esta situación, puesto que, consideran sólo los partos de las jóvenes entre 15 y 19 años, obviando las más jóvenes de esa edad. Los organismos de las Naciones Unidas para la Protección para la Infancia (UNICEF), dicen que el porcentaje es aun mayor, situándolo entre un 15 y 26 %.
Esta experiencia difícil y, muchas veces traumática, es mucho más frecuente de lo que todos quisiéramos aceptar y, afecta la salud integral tanto de la madre, como del hijo, los familiares y la sociedad en general, ya que por sus secuelas posteriores, se han convertido en un problema social y de salud, en vista de que no sólo se manifiesta en trastornos orgánicos, sino que implica factores socio-culturales, psicológicos y económicos, que afectan tanto a los padres adolescentes como a sus hijos. Las adolescentes embarazadas corren mayor riesgo de padecer ciertos problemas médicos (como alta presión arterial o anemia que las mujeres embarazadas mayores). También tienen mayores probabilidades de un parto prematuro. Estos riesgos son aún mayores para adolescentes menores de 15 años de edad o las que no obtienen atención prenatal. Las adolescentes también tienen mayores probabilidades de tener enfermedades de transmisión sexual. Es posible que tengas una enfermedad de transmisión sexual y no lo sepan.
Nunca como hasta ahora ha sido mayor la preocupación que genera el embarazo en adolescentes y, esto no es exclusivo de La República Dominicana, un país del tercer mundo. Los Estados Unidos de Norteamérica, un país desarrollado, por ejemplo, donde según los datos de la Oficina de Justicia Juvenil y Prevención de la Delincuencia (2007), afirma que más de 175,000 de las adolescentes norteamericanas que dan a luz cada año, terminan en extrema pobreza y en asistencia social y, que sus hijos tienen 2.7% más de probabilidades de terminar en prisión que los hijos de mujeres de más de 20 años.
El incremento de los embarazos en adolescentes está siendo seguido muy de cerca por los estudiosos de las ciencias médicas y de los de la conducta. De igual manera, los organismos internacionales responsables de la prevención y atención a este segmento de la población, están dedicando gran parte de sus recursos destinados al gasto social a esta situación, dado las consecuencias que los embarazos en adolescentes generan. Esta atención y caudal de recursos, hace que cada año se dupliquen los estudios y consecuentemente, la bibliografía sobre el tema.
LA AUTORA es pssicológa clínica con especialidad en Orientación y Consejería y presidenta de la Asociación Dominicana de Desarrollo Humano.