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Wed, 16 Jul 2008 11:48:00

Rechazo a una descortesía en Casa España de Dominicana

POR ULISES FELIZ*
A veces entendemos el sentir de otros sólo cuando nos toca de cerca la experiencia. Entonces, elevamos nuestra voz de protesta y damos a la luz nuestra indignación, exigiendo nuestros derechos y nuestro valor cuando nos enfrentamos a experiencias discriminatorias, de injusticia o de falta de oportunidad.

No quiero aquí, simplemente, denunciar un mal trato hacia mi persona; eso sería un acto un tanto egoísta y carente de valor para los demás.  Prefiero, mejor, servir de canal y de voz a otros que no tienen voz ante el atropello de que son objeto en una sociedad por ignorancia injusta.

La siguiente es parte de una correspondencia enviada a la presidencia de la Casa España en República Dominicana, es pacíficamente, al Señor Segundo Rodríguez.  A la fecha no sé si habrá leído o no mi correspondencia por lo que procedo a hacerla llegar por estos medios.

Resulta que, el pasado Domingo 29 de Junio , por invitación de mi compadre, José Ramón Otazu, a quien, por cierto, nuestra Sala Capitular honró, y con justificadas razones, con el título de Hijo Adoptivo de la Ciudad de Santo Domingo, visité el Club Casa de España, del cual él es socio.  Nos disponíamos, luego de compartir un almuerzo junto a la piscina, con mis ahijados (sus hijos) y mi esposa, a ver el último juego de la Copa Mundial de Fútbol, en el cual competían por la codiciada presea los equipos de Alemania y España.  Bueno; me parecía más que una  buena idea, un gradiente de emoción añadido, el hecho de estar rodeado de españoles que acompañarían con griteríos y oeés cada buena jugada del equipo Hispano y que rechazarían con los clásicos vocablos madre-patrinos los aciertos germanos.  Así que, con tal expectativa en mente, mi compadre y yo, nos buscamos unos buenos puestos en el bar y de inmediato ordenamos lo primero, un café y una cerveza Presidente (que mejor compañía).  Mi esposa, mientras, estaba con nuestros ahijados quienes, como es lógico, prefirieron los columpios.  De tal modo que la tarde era perfecta.  Había sido una excelente decisión el intercambiar mis planes de ir a un hotel de la playa cercana de Juan Dolio por esta emocionante experiencia de ver a dos gigantes compitiendo por una copa mundial.

Es más; iba a ser algo tan especial que, como es mi costumbre (lo cual me ha puesto en juicio ante mis amigos macho-extremistas), me fui a buscar a Daisy, mi esposa, para que compartiera a mi lado el inusual momento.  Así que, haciendo las previsiones pertinentes, con mi compadre para, bajo ninguna circunstancia, perder los codiciados asientos que nos habíamos tan hábilmente diligenciado, y dando un sorbo memorable a mi cerveza, como para que me esperara igual, salí al área de juegos para traerme a mi querida esposa.

Vaya sorpresa cuando, al querer reingresar al bar, me encuentro con la interposición de un empleado con llamada autoridad, aunque sin uniforme diferencial, quien me impidió secamente la entrada con la pregunta de: --“¿Es usted socio?”; a la cual respondí, un tanto contrariado, pero lleno de paciencia, con un: --“No,  caballero.  Estoy acá como invitado de un amigo, que  es socio y está adentro, sentado a la mesa y esperándome.”

En un ambiente de cordialidad, respeto y cortesía este impasse se hubiese resuelto con simples protocolos: “Permítame, y disculpe el inconveniente, traer acá a la puerta al socio que le invitó.  Comprenda que seguimos instrucciones y lo hacemos por su seguridad.”; en lugar de la respuesta de: “Pues usted si no es socio no entra al bar, aunque haya abierto cuenta y lo esperen.  ¡Para eso me pusieron aquí!”.

De nada valieron todas mis explicaciones y reclamos.  Desde que tenía una cuenta ya abierta en la mesa donde compartía con mi amigo hasta que los dos niños tomados de la mano de mi esposa (mis ahijados) eran los hijos de mi amigo quien, ignorante de la situación, esperaba dentro.  Igual le pedí que, por favor, entrara él, entonces, a buscar a mi amigo llamándole por su apellido para, por lo menos, dejarle saber que me iba del Club al que ya le había referido que no regresaría.  De ninguna manera.  Tal como si nos encontráramos en un gueto estratificado por carnets así se haría cumplir la disposición de “no acceso a invitados de socios a áreas sin marca”.  Mientras trataba de razonar con este fiel representante sobre la descortés disposición interna que limita, sin avisos ni señales, la circulación de los “invitados” en las facilidades del Club Casa de España pensé, más de una vez, en el juego que había dejado por mitad, y en la cuenta que tenía abierta en el bar; con una cerveza ya caliente sobre la mesa y un amigo más despistado que Limberg esperándome como quien espera a Godó.

A final de cuentas la única solución, aunque usted no lo crea, fue tomar mis ahijados y mi esposa y abandonar el recinto que, al parecer, estaba en manos de la autoridad irrefutable y la capacidad mental del individuo que nos detuvo y, por quien, sinceramente, a Dios pido piedad. 

Tiene usted razón en lo que esta pensando: “No podemos pedir PERAS al OLMO”.  Pero yo quiero ir un poco más lejos o, mejor dicho, un poco más cerca: “¿Por qué, entonces, sembramos OLMOS donde otros buscan PERAS?”.  La culpa no es del empleado quien se hace servil por ignorancia y baja estima.  La culpa es del que propicia que sucedan estos casos con personas que hemos aceptado cordialmente una invitación para compartir en familia en un Club que representa la hermandad entre ciudadanos de dos pueblos.  No hablo con indignación, ni movido por el orgullo; más bien parto de una saludable autoestima.  El orgullo es material maligno, pero la autoestima proviene de lo bueno.  Y aunque es sólo un temporal destello hago acopio de ella para exigir respeto y consideración, aún sea por agradecimiento a un país hospitalario,  que como el nuestro ha sabido olvidar una y otra vez los atropellos, por el deseo sincero y natural de vivir en paz.

Abusar de la ignorancia para encumbrarnos, aprovechar la pobreza para enriquecernos y valorar a los demás según su desdichada historia es una práctica vil y vejatoria.  Perdone usted el drama; quizá no sea para tanto.  Después de todo ¿a quién vamos a culpar por nuestra ignorancia? 

Permítame, entonces, no rechazarle a usted, Señor Presidente de la Casa España en la República Dominicana.  No dudo de sus buenas intenciones y de su honorabilidad, pero si quiero dejar claro mi rechazo a este ambiente de descortesía y maltrato; al mismo tiempo que llamarle a su atención, en caso de que sea su deseo corregirlo.

EL AUTOR es ingeniero


 

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