En tal sentido, ha de recordarse que la primera gestión del doctor Fernández (1996-2000) se inauguró de manera auspiciosa en razón, fundamentalmente, de que heredó del doctor Joaquín Balaguer un gobierno macroeconómicamente equilibrado como consecuencia, entre otros factores, de la reforma fiscal de 1992 (Ley No. 11-92 del 16 de mayo de 1992), una prudente política de gasto público, la prosperidad de la economía norteamericana durante la administración Clinton, una nómina estatal manejable y unos precios internacionales del petróleo no muy gravosos.
Más concretamente, el doctor Fernández recibió del doctor Balaguer un país que crecía a un ritmo de 7.8 por ciento en promedio (entre 1992 y 2000), que contaba con un presupuesto que había saltado en 36 meses a cifras astronómicas y que durante varios años consecutivos cerró con una balanza de pagos aceptable. Tal situación le permitió decir en 1996 al líder reformista que le entregaba al doctor Fernández un país que era “como un avión listo para despegar”. Este panorama bonancible sólo empezó a modificarse a partir del choque petrolero del año 2000: de un precio promedio de 17. 83 dólares en 1999, el llamado “oro negro” pasó a costar 28.82 (también en promedio) en los meses finales de la administración del líder peledeísta.
También ha de tenerse en la memoria que cuando el doctor Fernández tomó el poder en el 2004 lo peor de la crisis financiera del 2003 había pasado. En agosto del 2004, efectivamente, ya los indicadores macroeconómicos estaban en franca mejoría: los elementos impulsores del crecimiento se habían situado en perspectiva de recuperación, la tasa de cambio se había colocado en 42 pesos por un dólar (había estado hasta a 55 por un dólar en febrero), y la tasa de interés había bajado a un 36 por ciento (había llegado hasta a un 50 por ciento desde principios de año). Esto fue, en general, lo que le permitió al doctor Fernández hacer un “gobierno por gravedad”: no adoptó ninguna medida nueva sino que simplemente se dedicó a darle continuidad a las políticas aplicadas por el gobierno anterior desde fines de 2003.
Obviamente, lo que habrá de enfrentar el doctor Fernández en su tercer gobierno será totalmente diferente, pues en estos instantes hay un grave desequilibrio de la cuenta corriente (según Temístocles Montás, cerrará el año 2008 a un nivel del 8 por ciento del PIB), la factura petrolera se ha elevado considerablemente (2 mil millones de dólares adicionales con relación al 2007, ha dicho el propio presidente Fernández en su discurso del 17 de los corrientes), el nivel cuantitativo de la producción agrícola y pecuaria del país está en una de sus peores épocas (conforme a diferentes asociaciones de productores y a las propias autoridades del sector) y el nivel de inflación para este año será de dos dígitos (superando las expectativas al tenor del Banco Central).
En lo que atañe a los subsidios a la electricidad y al gas propano (el primero requeriría 15 mil millones adicionales respecto al 2007, y el segundo se elevaría en este año a 13 mil millones de pesos, según las proyecciones del gobierno), aunque el presidente Fernández ha anunciado su “focalización” en la pieza oratoria mencionada precedentemente, la presión que ellos involucran sobre la finanzas públicas ya surtió sus efectos devastadores en el primer semestre del año en curso. Naturalmente, nadie ha hablado aún ni del peso sobre las finanzas públicas ni del destino que tendrán los subsidios al gasoil de los industriales, al transporte público y a los bienes de venta en colmados y supermercados.
Como se ha señalado al inicio de estas líneas, esas críticas realidades tienen como telón de fondo un Erario exhausto por el abuso del gasto público en el proceso electoral, la desmesurada elevación de los precios del barril de petróleo, la crisis de la economía norteamericana y, por supuesto, el aumento de los costos de los principales rubros alimenticios (arroz, maíz, soya, trigo, grasas comestibles, leche, etcétera) en los mercados internacionales. La terrible confluencia de todos estos elementos críticos es, pues, si vemos bien las cosas, como una granada fragmentaria lista para explotarle en las manos y en el rostro al doctor Fernández. No parece exagerado, por vía de consecuencia, decir que la crisis actual puede ser una verdadera prueba de fuego para el mandatario dominicano. En bastantes sentidos, será ahora cuando se “graduará” o se “quemará” como gobernante. Ya no estará en la cima del oleaje sino que, por el contrario, tendrá que gobernar prácticamente “al filo de la navaja”. Está, virtualmente, en su hora cero.
¿Pasará la prueba el doctor Fernández? ¿Logrará sortear los graves problemas de hoy sin que el dominicano común termine aplastado por el peso de los mismos y a la postre se los cobre políticamente? Sólo el tiempo podrá responder con exactitud estas interrogantes. Pero, debido a que actualmente existen justificadas reservas sobre la eventual aplicación y la verdadera efectividad del pliego de medidas contra la crisis que ha anunciado, es inevitable, absolutamente inevitable la duda…