Cuando buena parte de nuestros ciudadanos abominaba la tiranía de Rafael L. Trujillo, la paz y la democracia no tenían precio. Cuando los organismos represivos del régimen perseguían, acosaban y reprimían a opositores o a simples ciudadanos, entonces la libertad no tenía precio.
Cuando a los ciudadanos se les negaba el derecho a reunirse, entonces la libertad no tenía precio. Cuando los años de autoritarismo regían la vida de la República, la libertad no tenía precio.
Cuando al dominicano se le privaba del derecho de expresión, entonces la libertad no tenía precio. Cuando el ciudadano enfrentaba dificultad para desplazarse libremente, la libertad no tenía precio.
Cuando se nos impedía ejercer el derecho de elegir y ser elegidos, la libertad no tenía precio. Si se nos negaba el derecho de asociarnos para el comercio, la libertad no tenía precio.
Cuando las calles de nuestros barrios y comunidades rurales eran azotadas por el miedo y el terror, impuestos desde el poder, la paz no tenía precio. No tiene precio la paz y la libertad si un pueblo ha sabido erigirla con el sacrificio y la sangre derramada. La libertad y la paz no tienen precio si la violencia se convierte en una amenaza universal de la que tenemos que blindar a nuestro pueblo.
Actúa con irresponsabilidad un líder político cuando a sabiendas del costo que ha tenido que pagar su pueblo para exhibir la paz y la libertad de la que disfrutamos, no hace lo que tiene que hacer por conservarla y prolongarla. Actuaría como un ciudadano común el líder que rehúye responsabilidades. Todos los dominicanos tienen derecho a creer en su verdad; a lo que nadie tiene derecho es a construir sus propios hechos en base a la mentira, ya sea por influencia de prejuicios o simple mezquindad.