En dicho encuentro trató entre otros temas, la conformación de un bloque de 57 países no productores y la creación de un fondo global de US$40.0 mil millones de dólares, a denominarse “solidaridad petrolera”, para favorecer a los países no productores, a raíz de los aumentos sostenidos de los precios del petróleo y sus derivados.
Dijo que de esos 57 países afectados por dichos pecios, 25 están en África, 14 en Latinoamérica, 11 en Asia, 4 en Asia Central y uno en el Medio Oriente, con ingreso per. cápita de seis mil millones o menos y un gasto adicional de 40 mil millones de dólares.
También informó que el ex presidente de los Estados Unidos de América, señor Bill Clinton y el ex secretario general de la ONU Kofi Annan, respaldan dichas ideas a los fines de que se propongan en diferentes foros internacionales para conseguir el apoyo que permita su ejecución.
La creación de dicho fondo global tendrá como propósito fundamental que los países productores y exportadores de petróleo, concedan en préstamos a los países no productores, los pingues beneficios que han obtenido debido a las alzas de los precios del oro negro (Petróleo).
Ahora bien, esa propuesta se oye fabulosa, pero dichos fondos no obstante ser prestados de forma blanda o concesionaria tienen su costo, plazo y riesgo.
Recordemos que a partir de la década de los ochenta del pasado siglo, se inició en muchos países de América Latina, un duro proceso de inserción en el mercado mundial.
Las transformaciones que estas naciones se vieron obligadas a instrumentar en sus economías, les significaron un costo tan alto que muchos economistas etiquetaron dicho lapso como “la década perdida”, término empleado para designar un período de estancamiento en un país o región.
Se utilizó por primera vez en Gran Bretaña para designar el periodo de la postguerra (1945-1955), luego se volvió a utilizar durante la depresión económica de América Latina en la década de 1980 y más tarde durante el colapso económico japonés de la década de 1990.
Entre las razones que determinaron dicha situación en América Latina, se pueden citar: que el PIB creció menos que la población y lo poco que creció (3 o 4.5%) sirvió para pagar el servicio de la deuda; es decir, que el ahorro interno no financió la inversión y por lo tanto se tuvo que recurrir a constante endeudamiento externo como única alternativa para pagar los intereses de la deuda externa.
Además se tuvo que reducir el consumo interno o la demanda doméstica, con lo que de ser países receptores de capital externo, se tornaron en exportadores de capital a los países desarrollados.
También se aumentaron las cargas impositivas, se redujeron las importaciones y se iniciaron devaluaciones, a los fines de financiar el déficit público y externo, entre otras ingratas decisiones económicas.
De manera que no queremos pensar, imaginar o soñar, que arribaremos a una nueva década perdida y sus consecuencias negativas, como corolario de las ideas que propondría el señor presidente Leonel Fernández en foros internacionales, para que vuelvan abrirse alegremente las llaves de fondos financieros, fáciles, de cortos plazo y altos riesgos, a favor de países muy endeudados, como es el caso de República Dominicana, cuya deuda externa alcanza ya, más de US$8.0 mil millones.