Mi gran sorpresa es que no veo en esta urbe ningún cambio físico. Están los mismos edificios de cuando vine por primera vez (aunque ahora un poco más viejos), los mismos establecimientos comerciales y las mismas calles. El mismo movimiento de personas y las mismas paradas de trenes, más mugrosas pero con el mismo ordenamiento y disciplina que siempre han caracterizado este revolucionario sistema de transporte subterráneo.
Contrario a muchos visitantes dominicanos, que ni por asumo quieren que les hablen de Washington Heigths (José Carvajal, un talentoso periodista y escritor dominicano denominó recientemente a este sector newyorkino “Mediocre City") me fascina esta área porque me siento en ella como “pez en el agua”. Aquí reside más de un millón de compatriotas quienes, a pesar de la influencia norteamericana, se han resistido firmemente a la transculturización y, no sólo han mantenido sus costumbres y tradiciones, sino también las han impuesto a rajatabla. Es por ello que, pese a que está prohibido difundir música “alta”, manejan sus vehículos dejando escuchar estridentes bachatas y merengues, ritmos que también se escuchan por doquier en los edificios de apartamentos. Mientras en la República Dominicana la bandera y otros símbolos patrios son mostrados tímidamente los 27 de Febrero y 16 de agosto, aquí se exhiben todo el tiempo con orgullo y entusiasmo en las bodegas, barberías, restaurantes, salones de belleza y otros establecimientos comerciales manejados por dominicanos.
Prácticamente todos los taxis del Alto Manhattan son operados por compatriotas nuestros, los cuales demuestran estar más enterados de lo que pasa en Santo Domingo que el autor de estas líneas, que como periodista y director de un medio de comunicación supuestamente está en contacto con el “día a día” de la República Dominicana. Esto se debe, estimo, a que ahora están recibiendo las 24 horas, vía satélite, las señales de tres canales televisivos originadas en Santo Domingo (Telemicro, Supercanal y Televisión Dominicana) y tienen un acceso permanente al intenet, medios a través de los cuales se enteran al instante de todo lo que pasa en su país. (El pasado domingo estuve en el denominado “Club Deportivo Dominicano” presenciando un concurso de bailadores de son, y cuatro de los parroquianos me confesaron, para orgullo mío, que son lectores asiduos de ALMOMENTO.NET y que con frecuencia escriben comentarios a las noticias publicadas por este medio). La existencia de estos medios de comunicación ha contribuido a hacer desaparecer la nostalgia que anteriormente afectaba a los dominicanos de Nueva York.
Nadie sabe a ciencia cierta cuántos dominicanos hay aquí. El Censo Nacional realizado hace diez años situó la cantidad en poco más de 700 mil, pero la cifra en ese momento era mucho mayor en razón de que cientos de ellos no aceptaron ser censados por temor a ser deportados o ubicados.
Contrario a oportunidades anteriores cuando evidenciaban cierta debilidad, ahora los dominicanos se muestran seguros y han adquirido conciencia de su propia importancia, por lo cual ejercen una creciente presión reivindicativa no sólo sobre las autoridades de Nueva York sino incluso sobre las de su propio país. Por ello se explica que políticos locales de la talla del alcalde Michael Bloomberg y Charles Rangwl estén en un coqueteo constante con este numeroso núcleo de inmigrantes.
Ciertamente, es una lástima que el liderato político de la República Dominicana haya rechazado traicioneramente el viejo deseo de la comunidad criolla de tener representantes en el Congreso Nacional de su país. También resulta penoso que ninguno de los gobiernos dominicanos haya puesto la energía suficiente para devolver con creces los aportes que este núcleo humano hace a la economía nacional.
Entendemos, sin embargo, que aún hay tiempo para enmendar estos errores.
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