Santo Domingo. Rep. Dom. - 25 de Julio 2014
Opinión
05 Diciembre 2009
En tiempo de bolero
Por: POR FERNANDO A. DE LEON
Extraño las otroras  melodías  de los enternecedores, subliminales, penetrantes y majestuosos boleros.

En mi contemporaneidad el bolero fue exaltado con suma ritualidad y decoro por el locutor y mejor amigo  Fabio  Taveras que, al filo de la medianoche, nos arrullaba con aquella cascada de melodías que conformaba aquel sonado espacio atinadamente llamado: “Cien canciones y un millón de recuerdos”.

En aquel escenario musical de las ondas hertzianas debutaban los grandes intérpretes del bolero de la más noble y excelsa estirpe en ese género musical.   Sin embargo, no dejo de reconocer que en Nueva York, existe un programa llamado “Señor bolero” pero -según mi criterio- no llena las expectativas, primero porque no tiene un amplio repertorio de canciones del ese aire musical qu hizo historia y, segundo, porque allí no se toca con frecuencia el bolero clásico, es decir el interpretado por los grandes boleristas que despuntaron desde la época de los años ‘40 hasta principios de los ‘60, del pasado siglo.

Además, que perdonen algunos lectores, pero por ejemplo cuando se coloca una canción de Julio Iglesias- siempre de acuerdo a mi criterio y sin desmeritar sus logros- no se le está rindiendo homenaje al  soberbio bolero, porque persiste la ausencia de la fuerza y  calidad vocal de  aquellos sólidos intérpretes que se iban más allá de un estilo; de  una voz meliflua pero débil, afincada en técnicas de alta sofistificación, aunque aparejada de melodiosos fraseos, estio, en lo que concierne al cantante de España.

El citado programa no es reforzado con declamaciones de amor que estimulen a los enamorados, y mucho menos suele identificar a los compositores de sus sentidas melodías como -no sé si persiste esto- era tradición en Santo Domingo.

Pero como decía el filósofo Heráclito, lo único permanente en la vida es el cambio de todo lo existente; de seguro no se repetirán las voces como las de, entre otros,  Roberto Yanez, Rafael Vázquez y Leo Marini, ¡Cuanta destreza y armonía para culminar una canción!. Estos despedían una entonación con un falsete que acariciaba o cuando no, con el quejido de una nota sostenida que nos ensimismaba.

Y es obligado hacer honor a la “Espiga de ebano”, nuestro desaparecido Rafael Colón. Al margen de tenores y barítonos, ya no existen réplicas como él ni el mexicano Marco Antonio Muñíz (todavía vive), capaces de matizar con aquel grave, tan escaso en estos tiempos.

Hoy también escasean los sincronizados y bien llevados gorjeos de Blanca Rosa Gil  “La muñequita que canta”, y nuestra dominicana, siempre recordada, Elenita Santos “Rayito de Sol”.

Alguna vez,  aficionados, melómanos y enamorados disfrutaron de un bien cotejado repertorio de boleros del pasado, colocado por quien escribe estas líneas, mientras Fabio  decía una breve y sentida poesía como plato de entrada, en una segunda etapa de aquel histórico espacio, esta vez transmitido al través de Radio Galaxia. Recuerdo que con frecuencia colocaba la canción vals titulada “Manos adoradas”, interpretada por  Juan Arvizu.  Hasta el momento no he oído otra melodía que rinda tan digno tributo a la madre en su constante trajinar en los quehaceres domésticos. Algunas de sus estrofas, si mal no recuerdo, dicen:

Las manos que yo quierolas manos de mi madresi no se hacen siempre algo tranquilanunca están....Por rústicas y viejas que bellas son sus manoslavando tanta ropacortando tanto pancorriendo por la casala mesa acariciandobuscando en el descanso la aguja y el dedal.

En su estrofa final el intérprete se lamenta:

Y tristemente digoque lejos que se encuentranque lejos de mi angustiay de mi soledad.

“Manos adoradas”, era un sentido homenaje póstumo a la madre ausente.

En esa memorable época del LP, una canción siempre colocaba en el plato era la titulada “Recuerdos”, interpretada por una de las voces más agraciadas en la afinación: la del brasileño Mirtiño. Las notas de este clásico bolero al amor perdido tiene una melodía con un solo de violín gemebundo que le sublimiza los sentidos a cualquiera. Mirtiño embelezaba a los aficionados, entonaba sus cuitas amorosas en un español con un tenue acento portugués en un singularísimo y conmovedor estilo, cantaba:

Al recordar aquel lugar por siempre amadosiento el hechizo de aquel paraísoque tuve a tu ladosiento tus besos, siento tu aliento y oigo tu vozpero al final, para mi mal....un adiós.Solo ahora, ahora en mis fantasíaspresiento que estás, recordando mi amor,recordando mis besos, recordando mi voz.Yo debía, debía olvidar y no puedoyo debía ya dejar de pensarmás,  delante de tantos recuerdosme pongo a  llorarhay...yo debíaEn mis escapadas de la sala de redacción a la cabina de la emisora que sólo despachaba avances noticiosos cada 45 minutos, siempre dejaba escabullir aquella canción que tanto gustaba a mi madre y que interpretaba Lucho Ramírez. Su título: “Presentimiento". Contrario a otros temas, sus letras se corresponden cabalmente con el nombre que la identifica, veamos:

Sin saber que existías,  te deseabay antes de conocerte te adivinéllegaste en el momento en que te esperabano hubo sorpresa alguna cuando te halléel día que cruzaste por mi caminotuve el presentimiento de algo fatalesos ojos, me dije, son mi destinoy esos brazos morenos, son mi dogal…

En la segunda etapa de “Cien canciones y un millón de recuerdos”,  en muchas ocasiones era invitado por tan sobrio animador de ese mundo romántico a seleccionar el programa. Mis conocimientos en boleros clásicos -si los colocamos esa categoría siempre atada con el tiempo- eran tan vastos que desde mi propio hogar, cuando Fabio cometía el desliz de confundir un intérprete con otro, yo lo corregía y le proporcionaba el nombre correcto. Pues, con frecuencia, una canción solía ser grabada por varios intérpretes.  Siempre se preguntaba sobre el origen  de mis sólidos conocimientos en ese tipo de música porque entendía que era un hombre  joven para ser tan ducho en esos menesteres.  No fue sino cuando un amigo común le habló sobre mi hogar e inquietudes musicales de adolescente, cuando comprendió el por qué de mi destreza.

Mi gran afición a la música, aunque sin proponérselo, me la inculcó mi madre desde pequeño y cuando se percató de mi talento como bolerista, se opuso con todas sus fuerzas a que me dedicara a ello, tal vez por un prurito; entendía que ese mundo sólo me llevaría  por caminos de corrupción. Aunque la experiencia no se improvisa, hasta el momento, no puedo precisar con certeza si mi desaparecida madre estuvo equivocada o no.

Mi cantante preferido, Marco Antonio Muñiz, entonaba sus canciones con frecuencia en los tiempos de bolero y serenatas.  Pero recuerdo la canción de este magnífico intérprete que con más frecuencia entoné, de ventana a ventana, inspirado por la musa de  un amor platónico de mis años mozos; su titulo: “Reconciliación” y dice, más o menos:

Quisiera convencerte que es mentiraque yo te traicioné con otro amorpero mi orgullo me ha detenidoy no podrás gozar mi explicación.  A veces por capricho del destinole damos un pecado al corazónme mortifica volver a vertey darte una segunda explicación.Despréciame si quieres alma míacastígame si estás en tu deberque nada ganarás con tu ironíatu siempre con mi amor has de volverTe digo que procedes por caprichopor algo que no tiene explicacióny mientras me castigues, te castigasy sueñas con la dulce reconciliación…

¡Como extraño aquellos boleros!  Es cuanto.

fernando26.deleon@yahoo.com

 

 

 
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