Pero ante una aventura expositiva tan rica y sugerente ¿qué traer para la motivación y la incitación? El libro todo sería lo ideal; pero, eso es imposible e imperdonable, ya que, lo mío, siempre será una lectura parcial, entusiasta, fragmentaria, interpretativa y, de algún modo, trunca. Satisfáceme pues, hacer la invitación y poner sobre el tapete sólo dos aspectos relevantes del referido texto: Democracia refrendaria y Conflicto de civilizaciones.
El primer problema es, ¿en que realidad socio-política situar históricamente la Democracia refrendaria? La respuesta, por supuesto, la tiene Sartori que nos dice al respecto:
“...Este animal nuevo todavía no existe, pero palpita en el aire: es un sistema político donde el demos [el pueblo] decide directamente sobre las cuestiones individuales, pero ya no colectivamente, sino separadamente y en soledad...”, y más adelante nos precisa, “El presupuesto y la condición necesaria para ese desarrollo es que para pasar de la democracia electoral basada en la opinión pública a una democracia donde el demos decide por sí mismo cada una de las cuestiones haría falta un nuevo demos...”.
¿Cuál es la diferencia? He aquí: “...la democracia directa como tal se basa en las interacciones “cara cara” entre presentes, entre personas que se influyen mutuamente y que cambian de opinión escuchándose entre sí. En la democracia refrendaria eso deja de ser así, y por tanto deja de haber una democracia iluminada por la discusión que precede a la decisión” [es decir, previo al acto de votar].
Esta aspiración (o fantasma) de ‘animal’ prefigurado que Sartori divisa, tarde o temprano, terminará imponiéndose en las democracias occidentales desarrolladas; aunque en la periferia, las incipientes y frágiles democracias seguirán siendo devoradas y asaltadas por una clase política -con sus contadas excepciones- insaciable, semi-analfabeta (vale decir, en su versión criolla, miembros de la corriente política-filosófica llamada “motoconchismo político”, autor D. J. C) y de acumulación originaria interminable. Ese es el primer presupuesto ético-histórico a superar radicalmente.
Ahora, asomémonos, de la mano de Sartori, a un fenómeno crucial y de primerísima actualidad: el latente conflicto de civilizaciones. Para ello y como avance pertinente el autor nos facilita estas hipótesis:
“¿Entonces, el conflicto actual entre islam y occidente es un conflicto de civilizaciones? ¿Una guerra de religión? ¿Un conflicto ideológico? ¿O qué?”
Desenredemos el asunto: “Dos civilizaciones pueden coexistir no sólo de manera pacífica, sino también ignorándose mutuamente. Pero si no se ignoran, y sí, por esa misma razón, se contraponen y tienen diferencias, entonces el término conflicto es apropiado. Porque –lo repito- conflicto no es guerra y no exige guerra”. Entonces será o no “¿guerra de religión?” El autor hace memoria al respecto:
“Recuerdo que ya hemos mencionado que si nos hallásemos ante un conflicto de religiones, ese conflicto se habría vuelto asimétrico, sería el de una religión contra una no-religión, dado que una de sus componentes, el mundo islámico, sigue siendo teocrática, mientras que la otra componente, Occidente, se caracteriza por una visión laica del mundo. Por consiguiente, no hay nada equívoco en decir “guerra de religión”, siempre y cuando se puntualice que sólo uno de sus combatientes está movido por un fanatismo religioso…”. Un último remate: “A todo lo anterior, la mayoría responde que no es lícito hablar de guerra de religión por dos motivos. En primer lugar, la guerra sólo es tal para un reducido número. En segundo lugar, al utilizar la expresión “guerra de religión” uno acaba fomentándola. El primer argumento es débil. Los acontecimientos históricos nunca son promovidos por toda una población, y muy rara vez lo son por mayorías. Los denominados Kamikaze islámicos son relativamente poquísimos, y sin embargo son suficientes para poner al mundo en jaque”.
De cualquier óptica, en la opinión de Sartori “La cuestión es compleja. Si es cierto, que lo es, que Occidente es laico, que ya no se dedica a guerras de conquista y que el cristianismo ha dejado de ser una religión fuerte e invasiva, aún así, el hecho es que el islam percibe Occidente como un invasor cultural y como una gravísima amenaza”.
Finalmente fijemos esta reflexión final: “Para terminar, no se puede borrar la realidad borrando las palabras que la denotan. Si hay un conflicto de culturas, es que lo hay. Y si lo cierto es que ese conflicto adquiere la dimensión histórica de un conflicto de civilizaciones, entonces eso es un hecho. La ceguera, es decir, una voluntad de no ver, deja las cosas como están, nos impide afrontar la realidad, y por eso mismo nos destina a la derrota”.
Definitivamente, podremos estar de acuerdo o no, con Sartori (odiado y maldecido por la derecha y los marxistas, a pesar de este reconocimiento: “Por erróneo que fuese, el marxismo era en todo caso un instrumental doctrinario de respeto. Contra el marxismo se podía discutir, contra la nada o contra la hipocresía se discute malamente”); pero es innegable que sus reflexiones mueven al debate y, por supuesto, a la polémica intelectual-académica. ¡Hay que leerlo!