El maestro destacado Kenneth Hagin dijo: “El hombre es un espíritu que tiene un alma y vive en un cuerpo”. Como vivimos en un cuerpo no hay manera de deshacernos de él. Pero para agradar a Dios es necesario no sucumbir a las demandas del hombre carnal que vive en nosotros. Debemos mantener una dieta constante que propicie nuestro crecimiento espiritual, para que las amenazas de la carne no se multipliquen rápidamente.
Quien quiera crecer espiritualmente debe velar sus pensamientos y sus acciones, evaluarlos a la luz de las Escrituras y confrontar cualquier característica carnal identificada. Tú no tienes que esperar que alguien te confronte. Conviene que tú mismo enfrentes las debilidades y fragilidades manifiestas. No esperes que otra persona haga el trabajo que Dios te ha encomendado como responsabilidad:
“Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas”. Efesios 5: 11.
Como martillo que da sobre la misma cabeza del clavo, Efesios 5: 11, te señala con el dedo directamente a los ojos. Primeramente te ordena lo que no debes hacer: no participes de las obras carnales. Pablo usa la palabra koinonia (participar, comunión) para declarar que no se debe tener relación, comunión ni sociedad con las obras vergonzosas de la carne. ¡Ningún contacto, absolutamente ninguno! Es interesante que la Biblia revela que el creyente tiene koinonia con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (1 Jn. 1: 3; Fil. 2: 1; 2 Co. 13: 14), los unos con los otros (1 Jn 1: 3, 7), pero NUNCA con las obras de las tinieblas (Ef. 5: 11). Si Pablo usa esta palabra que significa íntima amistad combinándola con el categórico ¡no! debe ser porque él no quiere que se confunda ni se malinterprete su mensaje.
Lo segundo que vemos en este versículo es que el Espíritu señala estas obras y da un mandato, diciendo: “…Reprendedlas.” Si el uso de las palabras “no participéis” no nos permite tener comunión con las obras de la carne, el uso de la palabra "reprendedlas" lo prohíbe enfáticamente. El significado etimológico de la palabra griega de donde traducimos “reprendedlas” señala la acción agresiva de “descubrir la falta, la ofensa o la mancha con el propósito de reprobarlas”. Por esto la raíz de esta palabra se usa para indicar las obras del Espíritu Santo y de la Palabra (Col. 3: 16-17; 2 Ti 4: 2). Solamente a través del Espíritu y de la revelación de la Palabra podemos saber qué puede desagradar a Dios en nuestras vidas.
La Palabra de Dios da discernimiento: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”. Salmo 119: 105.
Muchas personas se desaniman cuando reciben al Señor y descubren que tienen debilidades. Se sienten acusados y, por tanto, prefieren volver a su vida pasada porque allí gozan supuestamente de paz. Esta ironía provoca apatía contra la iglesia en muchos creyentes. Resisten todo lo que se parezca a Dios. Naturalmente, si la persona no conoce la verdad de la Palabra ni goza de comunión con el Espíritu, su conciencia muerta no puede activarse en santidad porque carece de sensibilidad y discernimiento para entender el bien y el mal desde el punto de vista de Dios.
Un cristiano sincero puede sufrir una situación similar. Si tú llevas tiempo sirviendo al Señor sin confrontar tus fragilidades, desarrollarás mecanismos de defensa que te conllevarán a justificar y hasta encubrir inconscientemente cualquier obra de la carne. Si tú deseas agradar a Dios, tú puedes presentar tu cuerpo como ofrenda a Dios, confrontando cualquier actitud o característica del hombre carnal en ti. El Señor te ayudará. El que busca sinceramente una vida espiritual confronta al hombre carnal.
La estrategia de las tres “D”
Como líder espiritual, oraba a Dios por el problema de la inmoralidad sexual que es una de las áreas más preocupante de la iglesia. Le pedía al Señor que me revelara estrategias de defensa para que su iglesia no fuera expuesta a vergüenza por mi causa. Recibí la estrategia de las tres “D”: Debilidad, Dependencia y Descuido.
Debilidad: es necesario admitir que la carne es débil. Jesús mismo dijo: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesta, pero la carne es débil” ( Marcos 14: 38).
Dependencia: como todos somos débiles es necesario que dependamos totalmente de Dios y nunca de nuestras propias fuerzas. Según dependemos de Dios, Él se manifiesta en nosotros: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder sé perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” ( 2 Corintios 12: 9).
Descuido: el enemigo es un estratega que como un buen boxeador, procura con mucha astucia descubrir el lado débil de cada persona para luego concentrar todas sus fuerzas en esa área: “Ni deis lugar al diablo” ( Efesios 4: 27).
Es necesario confrontar al hombre carnal. Si tienes una debilidad, ¡admítela!. Confróntate tú mismo. Evita la vergüenza de ser expuesto a la luz: “...y sabed que vuestro pecado os alcanzará (Ex. 32: 23b). ¡Detente en este minuto! Todavía estás a tiempo. Dios, por su gracia, te ofrece otra oportunidad. ¡Detente! ¡Enfrenta tu debilidad cara a cara! Tu debilidad se convertirá en fortaleza. Esa flaqueza que te agobia es un grito de mentira de la carne. Si cedes a esa demanda, tu hombre carnal crecerá; si lo confrontas, él empezará a perder fuerzas.