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*EL AUTOR es perito en eectricidad industrial. Reside en Nueva York. |
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La jocosidad del pueblo dominicano no tiene límites. Dicen que los mexicanos lloran sus penas y cantan sus alegrías, nosotros creemos que los quisqueyanos nos reímos de nuestras penas y cantamos nuestras alegrías.
No importa las penurias por las que pueda pasar este noble pueblo, siempre encuentra la manera de buscar un paliativo, un atenuante, un analgésico si se quiere.
Hace tiempo oímos en el tren de New York una amigable discusión entre dos criollos. Uno le dijo al otro con un tono lleno de orgullo patrio: ¿Tú sabes el perfume que yo uso es “De La Renta”?. El otro no tardó en responderle: ¿De la Renta?. Mire tíguere, usted no llega ni a del alquiler “contimá” De La Renta. La risa fue general.
En otra ocasión dos tipos discutiendo de pelota, por poco se van a los puños. Una joven que acompañaba a uno de los gladiadores se interpuso entre los dos para separarlos diciéndole a su acompañante: No te rebajes con estos tigüeres. El muchacho le respondió: Quítate Victoria que le voy a dar una pela a este fresco. El otro, mirando a la muchacha le dice: ¿Victoria? Esa no es ni Casa Albergue. La pelea no se pudo evitar. En el día de ayer, transitando en el tren #1 del sistema subterráneo de la ciudad de New York, donde los dominicanos llevamos la voz cantante, escuchamos una agria discusión entre dos compatriotas. Uno rabiosamente blanco y otro que no le cabía más morado. En un momento dado se escuchó la voz del peledeísta cuando dijo: Qué carajo es lo que tú estás hablando?, ustedes no han hecho nada cuando les ha tocado manejar el gobierno, nosotros hemos hecho túneles, elevados y el metro.
La repuesta blanca no se hizo esperar: Será la yarda, porque lo que ustedes han hecho no llega a un metro. ¡Se quedó en 36 pulgadas!. Risotadas a granel. Nosotros ante la situación no nos quedó otra alternativa que sonreír, pero sonreír con pena, una pena de ver como nuestro pueblo se embarca en discusiones insustanciales sin tener, ninguno de los bandos, conocimientos de causas.
Precisamente ese mismo tren que estábamos utilizando en ese momento fue un absoluto fracaso cuando se construyó por primera vez en la ciudad de New York en el año 1868. Pero eso no fue obstáculo para que el proyecto continuara mejorándose hasta ser lo que es hoy, un sistema de transporte que mueve millones de pasajeros diariamente.
Desgraciadamente estos dimes y diretes no se quedan a nivel de pueblo. Sería lo ideal. Estas discusiones insulsas, sin fundamento, llegan a niveles tan altos como por ejemplo la de un geólogo y un Senador de la República. Todo lo llevamos al nivel político. Donde sin excepciones, se desbordan las pasiones.
Lo triste de todo esto es que en la competencia política nacional no hay, por ejemplo, una “Serie del Caribe” donde, después que se acaba el campeonato de beisbol dominicano, los colores verdes, rojos, azules amarillos, se funden en uno solo y sale el hermoso color de la patria y todos nos convertimos en fanáticos de un mismo equipo.
En el campeonato político dominicano no es así. Somos radicales, capaces de sacarnos los dos ojos con tal de que nos cuenten que el otro se quedó tuerto. Ningún cangrejo puede salir de la canasta. O todos fuera, o todos dentro.
Ingenuamente vamos a preguntarnos: ¿Quién será el primero que dará su brazo a torcer y comenzará a contribuir, no con el contrario, sino con el que ganó, con el que quiere hacer?
Parece que eso está, todavía, muy lejos de suceder, si tomamos como ejemplo esta última discusión, donde uno ataca por atacar y el otro defiende lo indefendible.
¡Mire carajo, que es lo que usted está defendiendo al gobierno, si usted ni siquiera se ha desayunado hoy?! El otro le contestó, Yo no me he desayunado hoy, porque me hace daño comer en ayunas.
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