De esa gente debe de cuidarse no solo Miguel, sino otros que se proyectan como presidenciables. El consejo no tiene cargos extras.
¿Por qué hago el señalamiento? Porque como parte de la primigenia en el ensamblaje de la figura presidencialista del ingeniero Vargas, me quedaría un acre sabor si después de todo su esfuerzo, y de los que de alguna manera echamos andar su hoy exitosa maquinaria, alguna mano inexperta hiciera detonar las minas siempre ocultas en las improvisaciones.
En estos días, una página de uno de los que se presentan como “asistentes políticos”, titulaba un reportaje de la manera siguiente: “LA ASTUCIA DEL ING. MIGUEL VARGAS”. Y más adelante subtitulaba: “LAS JUGADAS DE MIGUEL VARGAS”.
¿Qué nos dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua acerca del vocablo *astucia*? Veamos:
Astucia. (Del lat. astut*a). 1. f. Cualidad de astuto. 2. f. ardid (* artificio). Ardid. 1. adj. desus. Mañoso, astuto, sagaz. 2. adj. ant. Ardido (* valiente). 3. m. Artificio, medio empleado hábil y mañosamente para el logro de algún intento. Astuto, ta. (Del lat. ast*tus). 1. adj. Agudo, hábil para engañar o evitar el engaño o para lograr artificiosamente cualquier fin. 2. adj. Que implica astucia.
Nada más que agregar a la definición ofrecida por el “mataburros” de la RAE.
En justicia, y como pregunta tonta ¿es esto lo que se pretendía decir de Miguel Vargas? No, de ninguna manera, pero el afán de lisonja hizo olvidar el uso más o menos correcto del lenguaje. Y aquí estoy yo, escribiendo pendejadas, tratando de evitar males mayores a un hombre cuyo carácter ha sido forjado en la fragua de la honestidad y la decencia, y de eso somos muchos los que tenemos constancia.
Mis excusas a los que de alguna manera les haya encajado el sombrero, pero las Sagradas Escrituras nos advierten que debemos cuidarnos de los labios lisonjeros.