Sobeida Feliz Morel no es más que otra celebridad endemoniada al estilo Moll Flanders. Daniel Defoe, periodista y escritor inglés, autor de este personaje de ficción para denunciar y recrear los oscuros vicios de una sociedad en descomposición. Dedica muchas páginas de su novela Fortunas y adversidades de la famosa Moll Flanders a narrar sus pecados y crímenes. En cambio, muy pocas a su arrepentimiento, lo que plantea dudas sobre la sinceridad de esta suerte de centauro, cuya celebridad llegó a confundir el sentimiento popular en la Inglaterra del siglo XVIII.
Vivacidad e hipocresía en el primer plano de una intriga que amenaza con arrasarlo todo. Se trata de un forzado espectáculo con sus exageraciones, tanto en una dramática puesta en escena como en la triste y lamentable jocosidad de la actriz principal. Ridícula diversión, además, no porque tenga algo de sublime, sino por lo grotesco y trillado del tema y trucos, sólo para distraer la atención.
Picaresca la novela y perturbador el drama actual, estamos ante la presencia de dos personajes de clase baja que se mueven por distintos grupos sociales intentando salir adelante con sus habilidades, encantos y falta de escrúpulos.
Moll Flanders delata, con crudeza, la vida, los hábitos y castigos en el mundo criminal de una urbe como la Londres del Siglo XVIII, que inaugura una etapa industrial para cuyos efectos de violencia y alteración de su curso histórico no estaba preparada. Cuesta mucho reeditar este fenómeno en una sociedad como la nuestra, con peculiaridades tan diferentes.
Poco faltó para que saliera a la calle de un coro de fanáticos desenfrenados vestidos con camisetas y cartelones enarbolando la figura de esta heroína, agente del crimen organizado. Inducidos, probablemente, por una propaganda desmedida, a lo largo del sainete montado desde el Gobierno para apañar fraudes, impuestos gravosos, plagas de enfermedades e impunidades.
La nota recargada revela también, si no ineptitud, una gran debilidad institucional. Nada justifica que un reo sea presentado ante un tribunal como una mojiganga. Sobeida Feliz Morel y Mary Peláez, se mofan contentas de su desfachatez. Sin ahorrarse carcajadas y camaraderías, ambas hicieron muy poco por disimular la alegría de un nuevo encuentro, que pudo ser mejor. Pero, al fin y al cabo, feliz como todos los reencuentros.
Es posible que el caso se les haya ido de las manos a todos los medios. Con la agravante que el montaje visto acelera el proceso de degradación moral por el que atraviesa nuestra sociedad. Sin pretender justificarnos, debemos buscar las raíces del problema en el morbo colectivo y el ansia de notoriedad.
El aplauso inmerecido, la impunidad y la apatía estimulan los falsos valores, relegando a quienes creen en el estudio y el trabajo sostenido. Celebridades unos y olvidados los otros. Si “desastrosos son los tiempos en que los locos guían a los ciegos”, a decir de Shakespeare, ¿qué no serán estos en que los rufianes les sacan la lengua a los hombres y mujeres honestas y trabajadoras?
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