Seguramente para otros (ortodoxos, oblicuos y evasivos), por ese camino, me echaré -¿o ya me habré echado?- a perder. Pero ni modo.
Hace un tiempo, un amigo dirigente del PRD, me preguntó –¿o fue una confesión?- en forma de chanza y seriedad, que cuándo Leonel le iba dar un chance a su partido. El chiste estaba referido a una realidad innegable: el Presidente Leonel Fernández Reyna y el PLD, se han convertido en una especie de cuco-Papá-electoral del PRD (Leonel-PLD+alianza lleva 5 victorias electorales, a saber: ¡1996-2004-2006-2008 y 2010!). En esa misma línea; pero ahora desde el PLD, recientemente, un dirigente me preguntó: Francisco, ¿por qué razón, si Leonel Fernández ha hecho tan mal gobierno -según los perredeístas-, el PRD no lo quiere nunca como candidato? Estas dos preguntas (en una), pienso yo, encierran dos variables que merecen ser analizadas.
En esa perspectiva de análisis y para fijar las dos variables en la pizarra, digamos que hay una especie de percepción -cuasi generalizada, mentira o verdad- de que el PLD preferiría a X candidato perredeísta de cara al 2012, y en correspondencia a esa tesis o percepción (que es la que no dicen los perredeístas), la que el PRD preferiría a X candidato peledeísta, también.
Ahora bien, la pregunta obligada es: ¿por qué uno y otro partido (el PRD y PLD), en la percepción de algunos de sus miembros y de otros que no lo son, prefieren (o perciben) a estos dos candidatos o se imaginan esos escenarios?
Como no soy experto en materia de percepción pública, o manejo de imagen, le pregunté a alguien que si lo es -al Dr. Franco K Jaramillo, consultor en gerencia de partido político y experto en imagen pública-, que, ¿qué le parecía el asunto y si era algo que ambos partidos políticos tenían que poner sobre la mesa? Su primera respuesta fue: toda debilidad es imaginaria o hipotética, y siempre -que sería la segunda respuesta-, hay que analizarla para detectar y corregir, en caso de ser real, sus efectos o ganancias electorales para el contrario. Además, me agregó algo que me pareció insoslayable: no importa lo que alguien diga, si no, si eso que dijo, la gente lo creyó y se hizo percepción generalizada.
También, el experto me amplió sobre los efectos devastadores de las percepciones cuando se hacen generalizadas e insistió que cuando eso sucede es sumamente difícil variar esa tendencia. Se necesita hacer un trabajo sistemático y bien dirigido para conjurar o minimizar los estragos de una percepción desfavorable.
A veces, el asunto es tan grave, para una figura pública, según el referido experto, que hay que cambiar: lente, forma al hablar, parte del entorno y, si fuese posible, hasta el pasado (algo, esto último, ya sabemos, imposible).
Esa percepción real o hipotética, de poco o de mucho, necesita -¡siempre!- ser objeto de análisis científico-metodológico. Por supuesto, tal ejercicio debe hacerse en su momento, sin ojeriza y con puntual objetividad. O dicho de otro modo, desterrando el ‘complejo de avestruz’ y la manipulación tendenciosa.