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*El autor es médico. Reside en Santo Domingo. |
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La palabra atmósfera se usa para describir el medioambiente físico del aire, pero también se utiliza para detallar las actitudes, los sentimientos, las emociones, y el apoyo de los que nos rodean y crean una atmósfera que puede ser “positiva o negativa”, haciendo que uno se sienta bien o mal, cómodo, relajado o, por el contrario, inquieto y tenso.
La atmósfera de nuestro planeta tiene algunas peculiaridades en su composición respecto de las de otros planetas, que hacen posible la existencia de vida sobe la tierra. Esta diferencia está determinada, fundamentalmente, por la presencia de oxigeno, que es un gas indispensable para la vida humana. El oxígeno facilita la eficiente función de las células permitiendo la metabolización de los nutrientes y la transferencia de energía dentro de ellas.
El oxígeno es esencial para el metabolismo de cada molécula de carbohidrato, proteína o grasa sobre la tierra, en razón de que es el conductor esencial. Sin oxígeno, toda la vida que hay sobre la tierra dejaría de existir. Sin su presencia en cada célula del organismo, la vida se detendría abruptamente. Las células del cerebro comienzan a morir si son privadas de oxígeno durante más de cuatro minutos. Esa es la razón por la cual necesitamos respirar constantemente aire puro y limpio.
El aire que respiramos es una mezcla de gases: el 70 por ciento es nitrógeno, el 21 oxígeno y el 0.9 argón; el resto son gases como dióxido de carbono, helio, hidrógeno, etc. En cualquier momento dado portamos un litro de oxígeno, que se distribuye en nuestra sangre, en nuestros pulmones y en los tejidos del cuerpo. El aire tiene que ver con la respiración, es esencial para vivir y permanecer vivos. Por supuesto, es uno de los elementos esenciales para la vida; el hecho de respirar permite que estemos vivos.
En la medida en que nos alejamos de la tierra y adentramos en la atmósfera, por encima del nivel del mar, la composición del aire varía, disminuyendo su concentración de oxígeno. De ahí que en las altas montañas, en las ciudades muy elevadas en relación al nivel del mar, el individuo se fatiga muy fácilmente y siente una sensación de asfixia. Esto es más evidente aun, cuando se está a grandes alturas en una nave aérea no bien presurizada, como las avionetas. En esas condiciones, inmediatamente se comienza a sentir los efectos de la falta de oxígeno. El individuo tiene la sensación de que la cabeza le da vueltas y los reflejos se enlentecen hasta que ya no le responden. Las uñas se ponen azules y la sensación de falta de aire es cada vez más angustiante. Russ Laba, un piloto canadiense que piloteaba un Cessna 310 desde Winneppeg hacia Vancouver, Canadá, el 28 de abril de 1977, encontrándose a más de 7,000 metros (25,000 pies), tuvo problemas con el sistema de calefacción de su nave. Se estaba congelando y se encontraba perdido y semiinconsciente. En aquellos momentos dramáticos que vivía se dio cuenta que cada respiración le significaba un tremendo esfuerzo. Con la guía de otro piloto desde otro avión pudo bajar de altitud hasta llegar al aeropuerto más cercano sano y salvo. Ya en tierra, más tarde dijo que cuando estaba en aquel trance pensó que el hombre no puede vivir de un día a otro, ni siquiera de una comida a otra; sino que apenas vive de una respiración a otra.
Respirar es una actividad natural y espontánea, que realizamos de manera inconsciente cada 3 o 4 segundos mientras vivimos, estando despiertos o dormidos. Cada día inhalamos y exhalamos aproximadamente veinte mil litros de aire. A medida que el aire llega a nuestros pulmones, el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono tiene lugar en más de seiscientos millones de saquitos llamados alvéolos. Los alvéolos pulmonares están formados por una red de finos capilares que contienen sangre. Pero para que este intercambio se realice de manera exitosa, se requiere que el aire que penetra a los pulmones sea un aire puro, poseedor de los niveles normales de oxigeno y carente de gases contaminantes.
El aire fresco en las casas y edificios es dañado cuando el humo del tabaco, el esmog y otros contaminantes son reciclados en el sistema de aire acondicionado, haciendo fumadores pasivos a quienes se encuentran en el mismo local que fumadores activos y obligándolos a llevar a sus alveolos aire que no posee los niveles adecuados de oxigeno y sí contaminantes que dejarán en ellos residuos lesivos. Por el contrario, el aire fresco y de buena calidad, por lo general, abunda en los lugares abiertos y en el campo, especialmente donde hay árboles y plantas verdes, en las montañas y bosques, cerca del agua en movimiento como lagos, océanos, ríos y cascadas. En los hogares y las oficinas, las plantas vivas mejoran el aire durante el día, eliminando el dióxido de carbono y purificando el ambiente con oxígeno. Se estima que las algas del océano proporcionan casi el noventa por ciento del oxígeno que hay en la atmósfera y el otro diez por ciento viene de las plantas de la tierra.
El aire contaminado se encuentra principalmente en las autopistas y grandes avenidas que cruzan las ciudades, en los aeropuertos, las fábricas y en cualquier lugar cerrado y con poca ventilación. El aire contaminado, lleno de humo de tabaco, está asociado con el aumento de la ansiedad, la migraña, las náuseas, el vómito, los malestares oculares, la irritabilidad y la congestión respiratoria. Seis millones de habitantes de la tierra, mayormente niños, mueren cada año por infecciones respiratorias agudas que se ven agravadas por la contaminación de interiores originada, por lo general, por falta de ventilación o por cocinas sin la adecuada salida del humo. Las muertes por infecciones respiratorias agudas, a nivel mundial, son tres veces más elevadas que la malaria y de mayor incidencia que la diarrea. Como es algo tan importante para la salud, deberíamos hacer esfuerzos para respirar profundamente aire puro, por ejemplo, haciendo ejercicios al aire libre todas las mañanas, así nuestro cuerpo tendría más energía que la que podría lograr ejercitándose en cuartos cerrados y malolientes, con aire reciclado; en salas llenas de humo, en oficinas congestionadas o en fábricas ruidosas.
Sin embargo, parecería que nos hubiéramos enfrascado en una lucha para contrarrestar el ambiente natural y sano en que deberíamos desenvolvernos, para cambiarlo por uno artificial. Destruimos los bosques cortando indiscriminadamente los árboles, queriendo insertar en ellos fábricas contaminantes o, bien, instituciones hoteleras y contaminamos los ríos con desechos industriales y cloacales Afortunadamente, aunque los estragos causados en nuestro medio están a la vista en cuanto a cambio climático, todavía podemos disfrutar de aire puro en algunos lugares de la gran mayoría de nuestras ciudades. Lo que parece ya irreversible es el dislocamiento provocado a los procesos cíclicos naturales en los frutales y otras plantas. Curiosamente, ya estoy viendo mangos florecidos, cuatro meses antes de cuando ocurría hasta hace poco tiempo, mientras que las naranjas que antes abundaban a finales de junio cuando salíamos de vacaciones escolares, apenas se observan pequeñas y nuevas, y situaciones similares se dan con los demás frutales.
El hombre depende del petróleo y sus derivados como combustibles y de las fábricas como fuentes de empleo y generadoras de mercancías que requerimos de manera obligada, pero aunque sabe que su uso inconsciente limita las proyecciones de la vida en condiciones normales, no hace mayores esfuerzos por usarlos en forma racional.
Muchos informes de molestias y síntomas concretos están relacionados con los ambientes de las oficinas que, para describirlos, se ha acuñado la expresión "síndrome de edificios enfermos". Esto se observa particularmente en los edificios sellados, que disponen de una ventilación acondicionada central automatizada. Algunas afecciones asociadas a estas molestias son: alergias, infecciones y agravamiento del asma a causa de los compuestos irritantes que se encuentran en el aire. Esto destaca la importancia de respirar aire fresco y puro.
Todas estas alteraciones del ambiente nuestro hacen que nos desenvolvamos en una atmósfera hostil. Todos estamos continuamente alterados, irritables, porque constantemente estamos respirando un aire contaminado y que no posee los niveles de oxígeno requeridos para asegurar una buena oxigenación de la sangre que llega a nuestros tejidos, sobre todo al cerebro. Se nos exige vivir en un constante ajetreo contra el tiempo, con una ansiedad permanente, teniendo inseguridad en las calles, en el medio de trabajo y asedio constante de los jefes, a pesar de que se nos limita el oxígeno que es fuente vital.
Pensamos que esta situación puede mejorarse. Se nos ocurre, que si repoblamos nuestros bosques y adoptamos medidas de controles rígidas con los contaminadores y los contaminantes, la calidad del aire que respiramos será sensiblemente superior. Y al respirar aire puro, con una buena oxigenación de nuestro cerebro y demás órganos vitales, nuestro estado anímico será diferente. En esas condiciones, será posible razonar con más ecuanimidad y profundidad, el estado psíquico se mantendrá con mayor equilibrio y el trato con los demás resultará más ameno y sensato, con lo que se mejoraría sensiblemente la atmósfera en la que nos desenvolvemos.
En pocas palabras, mejorando el medio ambiente también transformamos favorablemente nuestra atmósfera.
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