Se ha recurrido a las llamadas guerras de encuestas, en las que muchos se presentan con falsos posicionamientos en la preferencia de los votantes, como si la inteligencia del pueblo no existiera; se ha recurrido a prácticas clientelistas de baja estofa, se ha cambiado el sentido de la lucha política por el transfuguismo. Los insultos y las acusaciones recíprocas han substituido el debate técnico sobre temas nacionales. El avasallamiento del contrario ha sido norma de acción en la presente lucha comicial.
El nivel de crispación ha subido tan alto que la voz la Iglesia Católica, siempre persuasiva y moderada, se ha hecho oír con un timbre de recriminación y de advertencia. Aprovechando el espacio de la Semana Mayor, los sacerdotes que pronunciaron las Siete Palabras en la liturgia del Viernes Santo clamaron contra el uso abusivo de los recursos públicos, contra la masiva y desproporcionada propaganda electoral, considerándola un gasto excesivo. La ausencia de programas y propuestas serias, así como el uso de recursos innobles para denostar a los otros fueron condenados por los predicadores y señalados como muestras de la poca creatividad exhibida en la presente campaña.
Al entrar en la etapa última de esta lucha sin cuartel, el país agradecería que sus políticos en campaña realizaran un esfuerzo semifinal para ofrecerle sosiego y tranquilidad al votante, para que pueda éste ejercer su derecho sin la presión de una constante manipulación y bombardeo mediático que lo pueda confundir. Ojalá se dediquen a promover las excelencias de sus propias opciones, la conveniencia y pertinencia de sus posibilidades, la oferta creíble de sus intenciones y el testimonio de su madurez cívica al tramo final con un espíritu competitivo de buena lid. Reconocer que a la lucha se va a ganar o a perder, y que el resultado de los comicios no significa el fin del mundo para los no favorecidos con el voto mayoritario.
Por su parte, la Junta Central Electoral, órgano supremo de vigilancia y control del proceso electoral, por mandato de la ley y con apego a su papel de ente organizador de las elecciones debe seguir su importante tarea, la de montar unos comicios ejemplares y confiables para todos.
El país agradecería a su clase política si le brindara un final de campaña sin violencia fanática, sin atropellos ni insultos mutuos; sin más acusaciones descalificantes, sin el denigrante espectáculo de la compra de conciencias, en fin, que tengamos un final decente y civilizado para la tranquilidad de todos. Eso aspiramos de nuestros políticos en campaña, ¿Sería mucho pedir?