Las causas serán diferentes, pero la respuesta, en apariencia, ha sido la misma.
Hipólito, por ese estilo ramplón con que se excedió hasta el final de su mandato, no está en capacidad de defenderse. Y aunque lo estuviera, tampoco le importaría, porque lo que se ha ocupado es de que no se le reconozca ningún mérito, por más que pueda enumerar.
Como ocurrió aquí, la intervención del poderoso banco de inversión también se produjo después de continuas rebajas en la tasa de interés y de inyecciones de liquidez. Pero además de las similitudes en la crisis ha salido a relucir el alto precio que tiene toda suerte de basura. Porque lo de Bear Stearms, que ha supuesto un crédito de 29,000 millones de dólares para rescatar a los depositantes, ha tenido como detonante la adquisición en el mercado inmobiliario de bonos basura.
La basura siempre sale cara. Bear Stearms ha tenido que pagar un alto precio por los bonos hipotecarios que adquirió en el mercado. Esa sí es una buena experiencia para todos los que de una forma u otra recogen, en su afán de avasallar, todos los desperdicios que encuentran en el camino. Los propietarios no quedaron ilesos, tuvieron que cargar con las funestas consecuencias del desastre al ver desplomarse sus acciones de 160 dólares hace un año a dos dólares hace apenas unos días.
Los expertos explican que el torbellino comenzó cuando firmas financieras trataron de salirse con las suyas al conceder hipotecas a tasas inferiores a las del mercado, creando un mercado secundario. Esto facilitó millonarias adquisiciones a gente sin solvencia, provocando la explosión que ha puesto en ascuas los mercados. Y ahora, lo mismo que aquí, se plantea un blindaje más riguroso. Con todo y que la norteamericana se proclama como la más abierta y buque insignia del libre mercado.
Aunque por aquí parece como si la sacudida no tuviera el menor impacto, se tiene que las exportaciones a Estados Unidos fueron inferiores a las importaciones en 2007. Pero el caso no es admitir que repercutirá, sino tomar esas medidas que no acaban de adoptarse ni para enfrentar adversidades como la que suponen los precios del petróleo.
El Gobierno ha evitado pagar el costo político de la austeridad y apela a subsidios, hoy exorbitantes, para evitar disturbios, al tiempo de proyectar un ficticio bienestar económico.
Esta crisis que sacude a Estados Unidos no sólo evidencia similitudes con el colapso bancario de 2003, aunque las causas puedan ser diferentes, sino que tiene otra lección: todo lo que brilla no es oro.
*El autor es periodista.
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