El cándido y entusiasta amigo me dió pie para compartir con ustedes la siguiente reflexión:
Creo que los que trabajamos en las áreas que tienen mucho que ver con lo creativo e identidario, lo espiritual, la esperanza y el sueño de un mundo mejor, más digno, justo e igualitario, con parte de nuestra existencia sintonizada con algún tipo de utopía que paradigma nuestras acciones y nos obliga a actuar en el ámbito de lo ético y lo correcto versus al de lo “circunstancialmente conveniente”, alejándonos de las mezquindades que lleva consigo el pragmatismo politiquero, el aspiracionismo personal y el ascencionismo socioeconómico, pecamos frecuentemente de ingenuos y nos dejamos entusiasmar con discursos y propuestas que tocan nuestras fibras de gente sana, necesitada y hasta con un buen grado de pureza personal, para luego sentirnos desilusionados porque las cosas no resultaron como nos dijeron que iban a ser.
Creo que tenemos que aprender que cuando un partido o grupo político quiere ascender al poder tiene la necesidad de sintonizar su discurso con las expectativas de los diversos sectores sociales que componen el universo de votantes, independientemente de sus intenciones posteriores. Porque la propaganda política no se fundamenta en la Verdad sino en lo creíble. Su criterio de verdad se reduce a lo creíble y su estrategia a lo conveniente para lograr su propósito. No tiene que ver con lo justo o correcto porque la política de derecha se fundamenta en los resultados. De nada le vale decir la verdad, respetar las normas éticas y actuar correctamente si no van a lograr lo que quieren. En su mundo el fin justifica los medios y los métodos.
Luego de conseguir sus propósitos el juego cambia y las reglas son otras: Hay que mantenerse en el poder. Hay que hacer y decir lo necesario para mantener una percepción positiva, independientemente de la realidad. Es la percepción de buen gobierno lo que rige su destino de “partido oficial” y para ello tienen que olvidarse de “ciertas cosas”, exagerar lo positivo, minimizar lo negativo, descalificar a los críticos, relativizar las obvias razones de la oposición y hasta de los mandatos de la ley, si fuera necesario.
Tenemos que aprender que no siempre o casi nunca estamos en sus caminos coincidentes. Sólo lo estarán aquellos que se adhesionen a sus estilos, métodos y propósitos. Los que no, somos buenos, capacitados, honestos, gente seria y admirable, etc., etc., etc., Pero…
Es un fundamento del pragmatismo de los políticos dominicanos, y muy especialmente de nuestros oficialismos, que a la gente soñadora que sigue la ruta de sus principios, y no el de las conveniencias coyunturales, se le escucha, se le alaba, se le aplaude, si es posible se le utiliza, y si no, y se le ignora, para que disfruten solos su mundo de ilusiones.
Aprendamos a no dejarnos ilusionar con los discursos motivadores de políticos en tiempo de zafra. No son más que parte de una estrategia motivacional dirigida a crear expectativas que de antemano están negadas, porque solo desean y buscan adhesiones, compromisos y votos. Así serán menos nuestras desilusiones. Tenemos que sustentarnos en el poder de la justeza y la eficacia de lo que hacemos, persistiendo como la gota que perfora la roca dura. De la única manera que no seremos ignorados es si lo que hacemos trasciende, tanto por la forma como por sus contenidos y se arraiga en los sectores que son destinatarios de esos esfuerzos.
Claro, no existimos solos, ni mucho menos en un mundo ascético, hermético y absolutamente descontaminado. Hay que aprovechar los espacios que se abran, los que medio se abran y los que casi se cierren; pero sobre todo, tenemos que construir nuestros espacios para mantenerlos abiertos, ocupados y actuantes, sin servir de escaleras para que otros suban al cielo y luego se coman solos su gloria.