Cierto que el papel fundamental de los organizadores es atraer la mayor cantidad de visitantes y, sobre todo, poner en contacto con el libro a los sectores mas jóvenes de la población. Pero es una realidad incuestionable que la voluminosa presencia de niños –casi todos en uniforme escolar- durante todas las mañanas y todas las tardes, crea un ambiente propio de parque de diversión, que conspira contra el ambiente cultural que se trata de establecer.
No es que se alejen –ni que se eviten- los niños, es que se planifique cómo estimular su asistencia a días determinados –y a horas más bajas del día- de manera que los adultos, que son realmente los que aprovechan la Feria desde el punto de vista cultural, se sientan más cómodos y tengan mayor facilidad de desplazamiento, sin el bullicio y las correrías de niños traídos a raudales desde todos los puntos del territorio nacional.
Las excursiones escolares a la Feria del Libro, que ya están pautadas en el programa anual de actividades de cada plantel, se producen los siete días de la semana y muchas veces ocasionan presencia de párvulos, que se mueven incesantemente, a horas tan inadecuadas como las 5, las 6 y las 7 de la noche.