Tal planteamiento expuesto por el reputado comunicador cubano-costarricense parecería un axioma aplicado a cualquier realidad, pero en República Dominicana, la Prensa y los periodistas están igual de sesgados por intereses políticos y económicos.
A mi modo de ver, la relación Prensa-Poder no está signada aquí por una confrontación de raíz como refiere el profesor Ulibarri, sino por nexos que se vuelven convenientes o no, según intereses coyunturales de las élites que controlan ambos bandos.
Ulibarri, quien ofreció una conferencia en Puerto Rico sobre Prensa y Poder, citó la definición de noticia ofrecida por el propietario de un periódico: “es aquello que alguien en algún momento quiere ocultar”, por lo que el charlista entiende que la relación de la Prensa con las esferas públicas estará afectada por los esfuerzos del periodista por descubrir la verdad y los del Poder por ocultarla.
Insisto en señalar que en el medio social dominicano las cosas no funcionan como afirma Ulibarri, porque en este país la Prensa ha cumplido indistintamente roles de guardián de intereses de grupos corporativos, clanes mediáticos o de entes políticos partidarios.
Es verdad que los medios de comunicación y los periodistas han librado también históricas batallas por las libertades públicas, pero al final todos se acomodan, Prensa y Poder, a la relación tormentosa de protegerse mutuamente o de soportarse en una misma cueva de intereses.
Es por eso que en esa misma conferencia, el reportero de El Nuevo Día, Israel Rodríguez, postuló que “ la libertad de expresión no se basa en el mero acceso del periodista a la fuente, sino que es el derecho a que se conozca la verdad”.
Rodríguez, quien cubrió por ocho años los temas políticos para ese importante diario de San Juan, alertó contra una relación cómoda entre periodistas y centros de poder y consideró como una obligación que la labor de informar debería ejercerse desde la perspectiva de la minoría.
La relación cómoda o incómoda entre la Prensa y el Poder no se registra generalmente por el esfuerzo de uno por acceder a la noticia y el del otro por ocultarla, sino por las contradicciones o componendas que caracterizan esos nexos.
La gran verdad fue dicha por el profesor de la Universidad de Puerto Rico, Rubén Dávila, quien dijo que en la actualidad se mercadea “un montaje del espectáculo” que impide el cuestionamiento y discusión de los temas de relevancia pública, por lo que cree que la Prensa debería contribuir “a la despolitización de la sociedad”.
Insisto en señalar que un sector mayoritario de la gran prensa no cumple con la responsabilidad ética de procurar que la ciudadanía pueda accede a la verdad última, porque emplea su poder para afianzar o resguardar propios intereses, aunque en esa tratativa mediática se ponga en peligro a la propia democracia.
Penosamente hay que admitir que los periodistas ejercemos este difícil oficio en territorios de las fieras y que no pocos comunicadores exhiben hoy garras de tigre o veneno de serpiente que emplean para proteger intereses mayores, muchas veces espurios y con ello sus propios pellejos.