La campaña electoral que concluye el miércoles ha sido larga, áspera, agresiva e insulsa, por lo que el sufragante deberá abonar con su voto el jardín de esperanza, tantas veces diezmado por maleza de infamia y mentira.
Más que votar por uno de los siete aspirantes que figuran en la multicolor boleta, lo prudente sería que el buen ciudadano marque la efigie de quien más se asemeje al perfil del estadista ideal, con las condiciones éticas, académicas y de experiencia políticas que le permitan acometer con éxito el trascendente rol de jefe de Estado.
Incurriría yo en un atrevimiento si sugiero aquí o aconsejo votar por el candidato equis o zeta, aunque la mayoría de mis lectores saben que me inclino por la reelección del presidente Leonel Fernández, a quien considero idóneo para completar su propia gestión de gobierno.
Insisto en señalar que la mejor forma de votar con conciencia sería que cada sufragante defina el perfil del candidato
ideal, porque de esa manera se obligaría a valorar cualidades y no defectos de los aspirantes, de tal manera que el voto estaría dirigido al que tenga más de positivo, es decir, el mejor.
Aunque no debe influir en el voto de quienes me honran con leer esta columna, sí puedo referirme al perfil del candidato que creo debe merecer el voto de la mayoría, porque nunca como ahora es menester ejercer con responsabilidad el derecho constitucional de escoger la persona que ostentará la primera magistratura del estado.
Es obvio que quien aspire a la presidencia de la República debe poseer inteligencia excepcional, honradez ejemplar, denodado patriotismo, acendrada sensibilidad y vasta experiencia.
A más de esos tributos, o como consecuencia de ellos, el candidato ideal sería aquel que tenga una visión amplia e integral del mundo de hoy y de su dinámica; un estudioso y cultor de la historia, la filosofía de las ciencias económicas; moderado, valiente y decidido.
El presidente ideal es aquel que aborda los problemas con determinación, sentido positivo, como desafío para continuar avanzando, bajo la premisa de que siempre el vaso estará medio lleno y no medio vacío.
A la presidencia de la Republica debe acceder el político consagrado, que dedica las 24 horas del día al estudio de los problemas que aquejan a la sociedad y a generar ideas de cómo afrontarlos, aquel que emplea todas sus potencialidades humanas y académicas en provecho del bien común.
El solio presidencial no es empleo de medio tiempo al que aspiran gente con compromiso previo de generar riquezas para provecho propio y de los suyos; el lugar de los empresarios ha de estar siempre en sus unidades productivas porque en la dirección del estado no se puede ser juez y parte.
El referente de un pleno ejercicio de la actividad política, los ofrecieron Juan Bosch, José Francisco Peña Gómez y Joaquín Balaguer, para quienes ese noble quehacer fue siempre incompatible con la tarea de acumular dinero y bienes.
Es por eso que el ciudadano debe sufragar el 16 de mayo por un candidato inmune a las luz que refleja el oro y que su ambición mayor no sea otra que la de guiar a su pueblo por senderos de prosperidad económica y justicia social.
Agrego o reste virtudes o atributos al perfil del presidente ideal, pero los aquí enumerados, me permiten reiterar mi convicción de ejercer el 16 de mayo un voto de conciencia a favor de quien considero merece completar su propia obra de gobierno.